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  • Foto del escritorJosé Carlos Vásquez Silva, @jcvasquezs

Soy docente. No me obligues a usar la tecnología.

Cuando se piensa en por qué hasta hoy, la incorporación eficaz de la tecnología digital en las aulas es tan difícil de alcanzar en muchas escuelas, el problema se suele atribuir, acertadamente, a cuestiones muy complejas como la insuficiencia o la obsolescencia del equipamiento, a la mala o nula conexión a internet o a la falta de preparación de los docentes. Sin embargo, también es cierto que en muchas escuelas hay suficiente equipamiento, buena conectividad, la oferta de cursos para docentes es amplia y, aun así, los estudiantes no disfrutan de los beneficios que ofrece la tecnología para aprender más y mejor. 


Esta nota no pretende aportar argumentos a la posición de quienes consideran que la tecnología empobrece el aprendizaje y no debe ser utilizada en las aulas. Considero que es imprescindible desarrollar competencias digitales y aprender a usar las herramientas tecnológicas desde la escuela, para vivir satisfactoriamente en la era de la inteligencia artificial. Hay que encontrar el correcto balance entre las experiencias del mundo digital, las del mundo físico y las que están en la intersección de ambos. También es necesario priorizar el desarrollo del pensamiento crítico, la creatividad, las habilidades para colaborar y para aprender toda la vida, las cuestiones éticas y la espiritualidad, todo aquello que nos hace humanos y nos diferencia de las máquinas. 


Lo que buscamos está vez, es visibilizar un aspecto de la organización escolar que podría cambiar, para hacer lo mejor posible con los recursos disponibles. Muchas escuelas cuentan con un aula de cómputo, a la que los alumnos acceden de manera obligatoria y en un horario predeterminado al menos una vez por semana. En las públicas, la premisa generalizada (con excepciones) es ir a la sala de cómputo para “reforzar” los aprendizajes que se espera los estudiantes hayan obtenido previamente en el salón de clases; en las privadas, la práctica más frecuente es el dictado de “clases de computación”. De esta manera la tecnología se usa todos los días y en casi todas las horas, cumpliendo así con el requerimiento de la autoridad educativa o con el compromiso de hacer “educación digital”. 


La práctica de establecer un horario normalmente fijo y obligatorio para el acceso a la sala de cómputo por parte de los estudiantes juega en contra de la pedagogía, pues, en estos casos, la obligación de asistir al aula de cómputo parece ser más importante que la experiencia de aprendizaje. Me explico, si lo primero y más importante fuese la pedagogía, los docentes, al planificar sus sesiones de aprendizaje, deberían tener la libertad de decidir el momento más oportuno para usar la tecnología, ya sea al inicio, en el proceso o en el cierre del proceso didáctico. Este momento oportuno para aprovechar las Tic, pocas veces (en realidad casi nunca) coincide con el día y hora en que toca ir a la sala de cómputo. Por eso, es más práctico dejar a la tecnología en segundo plano y en el mejor de los casos, pedir al docente responsable de la sala de cómputo (PIP en las escuelas públicas) que prepare algún recurso digital para que los estudiantes refuercen lo que ya se hizo en la clase. Así las cosas, en realidad la tecnología no aporta significativamente al proceso pedagógico, podría no usarse y esto no afectará los resultados de aprendizaje. 


Del otro lado, hay experiencias exitosas, en las que lo que determina el cómo, cuándo y dónde (si es que se cuenta con dispositivos móviles) usar la tecnología, es el diseño pedagógico elaborado por el docente. Para que esto sea posible, se han eliminado los horarios fijos y obligatorios, en estas escuelas el modelo de uso de las Tic es por demanda. 


A muchos directivos les preocupa dejar de lado el horario obligatorio, porque habría docentes reacios a usar la tecnología, que nunca llevarían a sus estudiantes a la sala de cómputo. Surgen interrogantes: ¿Obligar a usar la tecnología, sin importar el sentido pedagógico, es mejor que no usarla? ¿Obligar a usar la tecnología, es la mejor manera de inducir su apropiación? La experiencia y el sentido común nos dicen que la respuesta es no. Es mejor dar autonomía a los docentes para diseñar experiencias de aprendizaje potentes, los resultados serán mejores y quienes no se sumen al principio lo harán más adelante, cuando la evidencia de éxito o el reclamo de los estudiantes les obligue a mejorar su práctica pedagógica. 


La prioridad en la escuela, sin lugar a discusión, es el aprendizaje de nuestros niños y jóvenes. Conviene revisar si todo lo que hacemos en la escuela va en esa dirección. 

 

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